DEL INCONVENIENTE DE HABER NACIDO.
E. M. Cioran.
Editorial Taurus. Madrid, 1981.
De todas las nimiedades que llenan una biografía hay una que es particularmente insignificante: la de haber nacido. «Hay en el hecho de nacer una ausencia tal de necesidad, que cuando se piensa en ello con un poco más de detenimiento, a falta de saber cómo reaccionar, uno se queda con la boca abierta».
Pero aunque el problema es de todos, hay un tipo de hombre particularmente herido por el desastre del nacimiento, un hombre torturado que susurra: «No haber nacido, de sólo pensarlo, ¡que felicidad, qué libertad, qué espacio! ». Este hombre es el amargo.
Al amargo no le gusta que lo confundan con el amargado ni con el pesimista. El amargado es ese que fracasó en la vida. Para el amargo, en cambio, la vida es el fracaso: su problema consiste en «no haber digerido todavía la afrenta de nacer». Y en cuanto al pesimista, parece ser que adopta, más o menos voluntariamente, una
cierta perspectiva ante la realidad exterior; ve las cosas por el lado malo. Por el contrario, el amargo se limita a padecer la enigmática tristeza que surge de su interior; no elige un punto de vista sobre el mundo, sino que hace introspección, y así contempla el crecimiento tumoral de su amargura. Si además tiene talento, en lugar de arrojarse sobre el diván del psicoanalista, puede convertirse esa amargura en obsesivo tema literario, puede dedicarse profesionalmente a rumiarla.
Para el amargo, la muerte es un conflicto en que se enfrentan tentación e imposibilidad. A veces lo resuelve exclamando con asombro: «¡Y pensar que tantos han logrado morir!».
Hoy nadie le discutiría a Cioran el título de representante máximo del pensamiento amargo. Es el último descendiente de una ilustre familia que no presenta signos de decadencia. Tiene entre sus antepasados a Hegesias, Leopardi, Schopenhauer… Personajes todos que son desaconsejable frecuentar.
Este tipo de pensador, en sus momentos de delirio, quisiera tener algo por lo que combatir. Pero pronto recupera la cordura y reconoce que «en cuanto alguien se convierte a lo que sea, primero provoca envidia, después lástima y, finalmente, desprecio». Y entonces escucha el monólogo de un desesperado y siente un calorcillo cómplice. Abre un libro de Leopardi y reconoce a un hermano. Se nombra su heredero y, renunciando a defender cualquier causa, a rezar cualquier plegaria, halla al menos un papel en el teatro del mundo: dar testimonio hoy de la incesante vigencia de la amargura.
Algunos dicen que el amargo es un ser encerrado en sí mismo, que no mira a los otros ni al mundo. Es inexacto. Lo que ocurre es que hay una barrera impenetrable que lo separa de todo. A pesar de ella, intenta contemplar las pasiones de las gentes, pero sólo logra ver deseos triviales, frustraciones mediocres, placeres insulsos, agitación, histeria… Y se siente condenado a pasar por la vida con la impresión de que visita un pabellón de epilépticos. «Simulo interesarme por lo que no me importa, me afano por automatismo o por caridad, sin involucrarme jamás, sin estar nunca en ninguna parte. Lo que me atrae está en otro lado, y ese otro lado no sé qué es». Insiste en la búsqueda de hombres admirables; no consigue sentir respeto más que ante el melancólico, el fracasado el suicida. Observa con curiosidad el comportamiento humano; descubre las miserias que laten bajo cada manifestación de dignidad, los truquitos que siempre dejan la vanidad a salvo: «Cualquier misántropo, por muy sincero que sea, recuerda en ocasiones a ese viejo poeta clavado en su lecho y completamente olvidado que, furioso contra sus contemporáneos, había decretado que no deseaba ya recibir a ninguno. Su mujer, por caridad, iba de cuando en cuando a llamar a la puerta…».
La prosa de Cioran es profundamente humorística. El suyo es un humor cruel, el único posible en quien ha comprendido el irrisorio funcionamiento de las cosas y, sin embargo, sigue contemplando cómo las cosas funcionan. Este tipo de humor suele llamarse sarcasmo. «Están filmando: la misma escena se vuelve a empezar varias veces. Un transeúnte, seguramente provinciano, no sale de su asombro: «Después de esto, nunca más iré al cine». Se podría reaccionar de la misma manera frente a cualquier cosa cuyo secreto se haya penetrado.
Sin embargo, por una obnubilación prodigiosa, los ginecólogos se encaprichan con sus clientes, los sepultureros engendran niños, los incurables hacen abundantes proyectos, los escépticos escriben… ». El sarcasmo es el humor del escéptico. Pero a la vez la amargura es el motor de su pensamiento. «No he encontrado ningún espíritu interesante que no esté ampliamente dotado de deficiencias inconfesables ». Y ya no sabe uno si goza porque piensa, si piensa porque sufre, si sufre porque goza.
En la escritura amarga hay algo de terapia fracasada. Da la impresión de que se quiso aliviar el sufrimiento narrándolo. Pero el relato empezó a resultar más absorbente que las miserias que lo movían. Los aullidos se transformaron en metáforas. Se deseaba escupir sangre, vomitar bilis, pero surgían frases brillantes. Es cierto el reproche que se ha esgrimido contra Cioran: sus males son con frecuencia inversímiles, demasiado elaborados. Pero eso, ¿qué más da? No le vamos a pedir algo tan mediocre como la espontaneidad a quien es capaz de darnos espléndida literatura.