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José Lázaro

“La carne se hizo verbo”

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(Reseña de Víctor Gómez Pin: El hombre, un animal singular)

Las obras de Gómez Pin publicadas a partir de 1980 pueden entenderse como la constatación de que sus libros anteriores (aparecidos desde 1972 y encuadrables en lo que los viejos planes de estudios llamaban “Filosofía Pura”) eran condición necesaria, pero no suficiente, para elaborar un pensamiento riguroso y radical a finales del siglo veinte. Para que semejante empresa pudiese ser realmente fructífera tenía que abrirse a territorios menos puros pero no menos determinantes de nuestra posibilidad de dar respuesta al deseo de saber: la lingüística, el psicoanálisis, el cálculo diferencial, la teoría del arte, la física, la genética o la biología molecular. Un recorrido infrecuente, que Gómez Pin emprendió con una ambición intelectual que a algunos les parece temeraria (porque fácilmente puede ser sospechosa de diletantismo) pero que al menos tienen el valor de intentar acercarse a un análisis filosófico de las cuestiones científicas y una fundamentación científica de los debates filosóficos. El hombre, un animal singular es la última obra de este autor que se ha esforzado en explorar los vínculos entre el trabajo de la filosofía y el trabajo de la ciencia.

            El libro ha generado una polémica que quizá está desenfocando un poco su verdadero núcleo. Me refiero al “escándalo” con el que están reaccionando frente a él los “animalistas”, los partidarios de aproximar los derechos húmanos y los derechos éticos de los animales. La acusación que desde estas posiciones se lanza a planteamientos como el de Gómez Pin es de “antropocentrismo inmoral”. La polémica se está convirtiendo en un diálogo de sordos, quizá porque se está anquilosado en una repetición cuasirreligiosa de consignas cerradas.

Pero El hombre, un animal singular plantea un tema de mucho más calado, que atravesaba ya, como un eje directriz, toda la obra anterior de Gómez Pin: el tema del logos, de la razón lingüística, como auténtico núcleo determinante y diferencial de la esencia humana. Un asunto que Gómez Pin ha perseguido (o quizá habría que decir que a Gómez Pin le ha perseguido) a través de toda su trayectoria filosófica, que ha centrado su relación con el psicoanálisis y que ha sido un continuo punto de referencia en su interés por la estética y por las ciencias matemáticas, físicas y biológicas. En este libro, ese tema pasa a ocupar el primer plano. Podría decirse, con una metáfora taurina, que este libro pone en suerte al toro del lenguaje, le mira de frente, enarbola el estoque y decide entrar a matar. Y el tema del lenguaje remite directamente al de la propia ubicación del ser humano en el entorno de la naturaleza. Abre el debate de si una lectura racional y coherente de la biología darwiniana conduce a una pérdida (o al menos a una relajación) de los límites entre el homo sapiens sapiens y el resto de los animales o si, por el contrario, como defiende Gómez Pin, los datos más sólidos y actuales de la investigación biológica confirman a la vez el acierto de Darwin al explicar nuestro origen filogenético y la vigencia de Aristóteles al establecer que esa evolución no borra la diferencia específica que establece, con respecto al género animal, el logos, en su doble sentido de razón y lenguaje, de razón lingüística o de lenguaje racional.

Al concluir la lectura de esta obra estimulante (e inconclusa) se queda uno con la sensación de que queda mucho debate pendiente. Por ejemplo el de si la especificidad de la naturaleza humana puede ser objetivamente determinada a partir de los datos que aportan las ciencias biológicas o si el concepto de lo humano es una construcción social, cultural o incluso política. Y no es esta la única de las cuestiones esenciales que el libro de Gómez Pin no resuelve (difícilmente podría hacerlo) pero nos ayuda a seguir explorando.

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