joselazaro.eu

José Lázaro

Julián Marías y la guerra civil

Artículos
Articulos-de-prensa

Lázaro, J. (2012): “Julián Marías y la guerra civil”. Cuadernos Hispanoamericanos, 749, pp. 126-30.

La guerra civil ¿Cómo pudo ocurrir?
Autor: Julián Marías
Madrid, Fórcola Ediciones, 2012

La mirada del historiador es en gran medida opuesta a la del filósofo. Al primero le interesan los hechos concretos que permiten explicar los acontecimientos del pasado: los datos precisos, los documentos contrastables, las circunstancias específicas, las condiciones determinadas… Al filósofo, en cambio, le interesan los aspectos generales que permiten comprender la esencia de los fenómenos intemporales. El objeto al que ambas miradas se aplican puede perfectamente ser el mismo; la forma de mirarlo es totalmente distinta. Lo observan, como solía decir el maestro de Marías, desde diferentes perspectivas. Perspectivas que no tienen por qué ser excluyentes (aunque la mayoría de los historiadores prescindan del análisis filosófico y la mayor parte de los filósofos de abstengan de los rigores historiográficos) sino que podrían ser perfectamente complementarias… en el caso, infrecuente, de que un único observador sea capaz de aplicar a la vez ambas miradas, de situarse en las dos perspectivas al mismo tiempo.

            Cuando, en 1980, Julián Marías escribió su breve y sustancioso ensayo La guerra civil. ¿Cómo pudo ocurrir?, no sólo quiso ejercer a la vez de historiador y filósofo sino que asumió también una tercera mirada (y con ella una triple perspectiva): la del testigo. Lo más atractivo del texto es que las tres miradas se superponen sin confundirse y se complementan sin estorbarse.

Marías acababa de cumplir veintidós años cuando empezó la Guerra Civil. Alistado en el ejército republicano trabajó para él como traductor y colaboró en la radio y en la prensa. Cooperó con el Consejo Nacional de Defensa y mantuvo siempre la admiración y lealtad personal a Julián Besteiro. Finalizada la guerra, pasó cuatro meses en la cárcel, hasta que el proceso contra él fue sobreseído.

Con la ventaja, pues, de haber sido testigo directo de los hechos que analiza, el historiador Marías se pregunta por el inicio de la discordia radical que culminó en julio de 1936. Identifica como primer germen la quema de conventos el 11 de mayo de 1931, por una triple razón: la turbia brutalidad de la minoría que la realizó; la penosa reacción del gobierno republicano (“hecha de inhibición, temor y respeto a lo despreciable”); la elevación por parte de un núcleo derechista de aquel oscuro suceso a esencia de la República, a la que declararon desde entonces su hostilidad radical e irreconciliable. Y de inmediato el filósofo Marías eleva a reflexión general aquella deplorable actitud de aquel gobierno concreto y descubre en ella la clave explicativa de muchas otras conductas sucias en la historia. Lo mismo hace con la hostilidad radical y absoluta, objeto de reiteradas reflexiones a lo largo del ensayo, que vuelve una y otra voz a una cuestión esencial: “la voluntad de no convivir, la consideración del ‘otro’ como inaceptable, intolerable, insoportable” (p. 34).

Cuando analiza las causas concretas del progresivo hostigamiento mutuo entre partidarios y detractores de la República a partir de 1931, el historiador Marías señala dos actitudes que irán poco a poco aproximándose: el clasismo y el anticlericalismo, de los que se derivan prácticas políticas que consiguen irritar cada vez más a una gran parte de la población, excluyendo la posibilidad de construir el futuro con la armonía que requiere una empresa colectiva (p. 36). Pero el fenómeno más dañino de todos lo encuentra el historiador Marías en la progresiva incorporación de grupos sociales amplios al mecanismo de la “oposición automática”. Cuando Azaña tomó medidas de reducción del Ejército mediante retiros voluntarios con el sueldo completo, había razones económicas y políticas para justificar una propuesta que nada tenía de hiriente. Sin embargo, fue interpretada por los “hunos” como una victoria contra los militares y por los “hotros” como un agravio. Hechos de este tipo le permiten reflexionar al filósofo Marías sobre la diferencia entre una política razonable, en la que gobierno y oposición pueden coincidir en cuestiones fundamentales, aunque diverjan en otras muchas (o en muchos aspectos de aquellas en las que coinciden), y una oposición automática que no atiende a las cuestiones planteadas sino a la identidad del que las plantea, ya que no importan los aciertos o los errores de la gestión ni de las propuestas, sino el bando que las realiza o las propone: al enemigo ni agua y si el deterioro general le perjudica, pues cuanto peor, mejor. “La infinita variedad de lo real quedó, para muchos, reducida a meros rótulos o etiquetas, destinados a desencadenar reflejos automáticos, elementales, toscos. Se produjo una tendencia a la abstracción, a la deshumanización, condición necesaria de la violencia generalizada” (p. 45). En ese partidismo feroz de los participantes en la Guerra Civil, el filósofo Marías descubre un mecanismo básico de los conflictos violentos entre grupos humanos: 1. División de la comunidad en dos bandos. 2. Identificación del otro bando con el mal. 3. Rechazo total a tenerlo en cuenta. 4. Eliminación política (y si es necesario, física) de los miembros del otro bando. Es un mecanismo esencial, que el psiquiatra Enrique Baca ha denominado “construcción del enemigo” (en el libro Las víctimas de la violencia) y que explica no sólo la Guerra Civil española, sino la base psicosocial de múltiples conflictos sangrientos.

El historiador Marías evoca el entusiasmo que suscitó de entrada la República, así como la incapacidad de los partidos políticos para mantenerlo, la rapidez de la decepción y el aburrimiento que producían los dos grandes partidos de la época (el socialista y la CEDA), con el consiguiente auge de los extremismos de derechas e izquierdas. El testigo Marías compara ese proceso con el España está viviendo en el momento en que él escribe, el entusiasmo despertado por el inicio de la Transición y la rápida aparición del “desencanto”. Y de inmediato el filósofo Marías se eleva sobre esos hechos concretos para dar forma a las reflexiones generales que se desprenden de ellos y a la vez iluminan su dinámica profunda: el entusiasmo es la “conciencia de una empresa activa, capaz de arrastrar como un viento a todos los españoles y unirlos a pesar de sus diferencias y rencillas. La falta de entusiasmo es el clima en que brota la desintegración; por eso los que la desean y buscan cultivan el ‘desencanto’, la ‘desilusión’, la ‘decepción’, el ‘desaliento’ y esperan sus frutos, agrios primero, amargos después. (…) La Humanidad tiene bastante horror al gris; necesita algo estimulante, incitante, atractivo” (pp. 39-40). La consecuencia, en situaciones como aquellas, es los jóvenes acaban entregándose a los extremismos violentos que les ofrecen, como mínimo, pasión.

            Una de las ventajas que tiene esta pluralidad de perspectivas es que lograr evitar algunas deformaciones profesionales, como la que esterilizó hace algunos años a muchos historiadores convencidos de que todo puede explicarse a través de mecanismos socioeconómicos. El filósofo Marías llega a una conclusión a la que da, con razón, la mayor importancia: “en la guerra civil hubo un decisivo elemento de azar (…) no fue necesaria, no fue inevitable” (p. 49). Fue consecuencia, en su opinión, de la tremenda frivolidad con que hablaron y actuaron durante la República, con escasas excepciones, políticos, eclesiásticos, intelectuales, periodistas, empresarios, sindicalistas… frivolidad, falta de sentido común, incapacidad de tener en cuenta a los demás, egoísmo miope, esquematismo, polarización, odio, deshumanización del adversario… Y además de innecesaria fue inesperada, pues sus promotores pretendían dar un golpe de Estado rápido, los republicanos pensaron que les sería fácil  impedirlo y sólo “la prolongación de los dos fracasos, sin rectificación ni arrepentimiento, fue la guerra civil” (p. 60).

            En medio de tanta sensatez, sorprende el esfuerzo de Marías para meter con calzador su teoría de las generaciones (intentando artificiosamente categorizar lo que es continuo), su afirmación de que en la cuarta década del siglo XX “comienza a perderse el respeto a la vida humana” (como si antiguamente hubiese sido mucho mayor) o su pintoresco intento de clasificar varios fenómenos históricos en “locura colectiva”, “locura histórica” y “locura lúcida” (p. 52).

Marías escribió este breve ensayo en la Semana Santa de 1980. Se publicó en un libro colectivo que dirigió Hugh Thomas y el propio autor lo refundió en su obra España inteligible. Razón histórica de las Españas (1985). Se publica ahora por primera vez de forma exenta con un amplio prólogo de Juan Pablo Fusi, un informativo epílogo del editor, Javier Jiménez, y una buena colección de fotografías seleccionadas en el Archivo General de la Administración. El resultado es un librito hermoso y cuidado, como suelen serlo los de Fórcola: una de esas editoriales de tamaño mínimo que tienen muchas cosas que enseñar a las grandes multinacionales del gremio.

Comparte en tus redes:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *