“La superstición de la actualidad” [Muñoz Molina], Claves de Razón Práctica, 230, septiembre-octubre, 2013, pp. 152-7.
Claves de Razón Práctica
El reflejo de la realidad que cada día nos ofrece la prensa es un espléndido instrumento para reflexionar sobre el sentido de las cosas que ocurren, pero el dogma periodístico de que lo importante es la actualidad informativa contribuye en gran medida a dificultar la comprensión de ese sentido. Hay una curiosa superstición en el periodismo según la cual la actualidad dura muy poco y lo ocurrido anteayer carece ya de interés; el resultado es que las noticias se superponen a un ritmo que los nuevos medios digitales no hacen más que acelerar. Cuanta más información se emite, menos elaborada se transmite. Cuanta más rapidez se exige a la noticia, menos posibilidad hay de contrastarla y refinarla. Cuanto más rabiosa actualidad se quiere dar a la crónica, menos se logra dar sentido a los hechos que recoge.
El conocimiento exacto y preciso de los acontecimientos es condición indispensable para cualquier análisis serio que se pretenda realizar sobre ellos (y, por tanto, si se han vivido directamente, mejor). Pero la posibilidad de ese análisis depende de un cierto distanciamiento, una toma de perspectiva, una disponibilidad de tiempo suficiente para la reflexión. Sólo la conjunción de esas dos condiciones permite, por un lado, que las reflexiones generales no se pierdan en la abstracción y, por el otro, que el flujo constante de lo que ocurre no nos impida dedicarle el esfuerzo y el tiempo necesarios para penetrar en su sentido.
Si se revisan ahora los escritos que en las décadas centrales del siglo XX dedicó Wilhelm Reich a la psicología de masas del fascismo, Erich Fromm al miedo a la libertad, Theodor Adorno a la personalidad autoritaria, Hannah Arendt a los orígenes del totalitarismo o Eric Hoffer al verdadero creyente, es evidente el impacto que reflejan del comunismo soviético, del fascismo italiano y, sobre todo, del nazismo alemán. Son textos escritos bajo la impresión aplastante de aquellos movimientos de masas que convulsionaron Europa, se enfrentaron en la segunda guerra mundial y, en el caso del comunismo, se siguieron arrastrando por la historia hasta 1989. Es evidente que si no se hubiesen producido las mencionadas experiencias totalitarias, aquellos textos no habrían sido engendrados. En ellos es explícita la referencia a lo que entonces eran los acontecimientos históricos por antonomasia, que las reflexiones psicológicas, sociológicas y filosóficas contribuyen a iluminar. Pero esas reflexiones, tan diversas —y a la vez tan complementarias— de Reich, Fromm, Adorno, Arendt o Hoffer, resultan hoy mucho más interesantes en la medida en que trascienden los fenómenos concretos que las inspiraron y penetran en mecanismos psicosociales de la conducta humana que no sólo son comunes al fascismo y al comunismo, sino también a muchos otros episodios históricos. Con razón se le han reprochado a Adorno sus esfuerzos por excluir a los marxistas de los análisis que hace sobre la personalidad autoritaria y con razón Wilhelm Reich, que había sido en su juventud un ferviente comunista, acabó asimilando el fanatismo negro al rojo y reconociendo que el fascismo no es una ideología sino una estructura del carácter. Y esa contribución al conocimiento de los elementos comunes a la conducta humana en las situaciones más diversas se da incluso en quienes piensan, como Hannah Arendt, que “el mayor peligro para una verdadera comprensión de nuestra historia reciente radica en la demasiado comprensible tendencia del historiador a establecer analogías. La cuestión está en que Hitler no era como Genghis Khan y no era peor que otros grandes criminales, sino enteramente diferente”.[1] Desde la perspectiva opuesta, Eric Hoffer buscó en las frustraciones personales la raíz que predispone a un individuo hacía la adhesión ciega a cualquier movimiento que le permita romper con su pasado e integrarse en una nueva identidad colectiva al servicio de una causa cuyo futuro radiante le dará (a él, concretamente) los triunfos y satisfacciones que siempre había merecido y que la injusticia social le había negado hasta entonces. Da igual que la causa sea cristiana, mahometana, nacionalista, comunista o nazi, lo importante es que “todos los movimientos de masas desarrollan en sus partidarios (…) una tendencia hacia la acción conjunta; todos ellos, al margen de la doctrina que predican y del programa que plantean, alimentan el fanatismo, el entusiasmo, una esperanza ferviente, odio e intolerancia; todos son capaces de liberar una poderosa corriente de actividad en ciertos aspectos de la vida; todos exigen una fe ciega y una lealtad sincera”.[2]
El libro de Antonio Muñoz Molina Todo lo que era sólido[3] da un buen ejemplo actual del difícil equilibrio que un ensayo requiere entre la descripción de fenómenos concretos cuya peculiaridad hay que reconocer y el análisis de los elementos genéricos que permiten comprenderlo al descubrir los mecanismos profundos que tienen en común con otros muchos fenómenos en gran medida diversos. Para explicar (y explicarse) la situación catastrófica en que se encuentra España, Mu en el verano decicioMucrse) la situaci que hay que mantener entre la peculiaridad irrepetible del fend sincera.»de liberar una ñoz Molina se somete en el verano de 2012 a un ejercicio que —sobre el papel— no resulta nada apetecible, pero que en este caso fue fructífero: la lectura detenida de los periódicos de enero y febrero del año 2007. De esa manera establece un distanciamiento temporal y recorre lentamente aquella prensa, dedicando a veces más de una hora al periódico de cada día. Ese salto en el tiempo hasta la fotografía periodística de la España inmediatamente anterior a la crisis le proporciona una imagen estática que él enmarca en una trayectoria biográfica más amplia: su propia memoria personal, que va evocando desde las reuniones clandestinas de células comunistas en Úbeda a principios de los setenta, pasando por la austeridad que conoció como auxiliar administrativo interino del ayuntamiento de Granada a principios de los ochenta y la posterior invasión de los municipios por una nueva casta política (que pronto suprimió los burocráticos controles heredados de la vieja Administración para entregarse alegremente a la multiplicación de instituciones autonómicas, y mediante ellas al despilfarro y al saqueo) hasta la debacle final en los años de Zapatero. El resultado es la actual indignación ciudadana contra esa “nueva nobleza” de los políticos profesionales que han monopolizado todo tipo de privilegios y prebendas pero no dudan en exigir restricciones y sacrificios cada vez mayores al resto de la población.
La población, claro está, no era inocente. El banquero que ofrecía a su cliente acciones cuyo riesgo enmascaraba, aprovechaba la codicia del inversor en busca de beneficios lo más altos posibles; el que ofrecía al modesto asalariado una hipoteca desmesurada estimulaba el conocido mecanismo psicológico que empuja a disfrutar hoy sin pensar en que lo disfrutado se tendrá que pagar mañana. Y esta irresponsabilidad personal y colectiva la reconoce Muñoz Molina, empezando por él mismo. Se sorprende al descubrir en 2012 lo que no había sido capaz de ver cuando leyó aquellos mismos periódicos en 2007: “Jamás reparé en que hubiera día tras día tantos anuncios a toda página de coches de lujo, de cruceros en invierno y de clínicas de cirugía estética. (…) Como tanta gente en España, yo también estaba enfermo de pasado, contagiado del mismo delirio que me desconcertaba en los demás”.[4] Esta conciencia del propio error contrasta con la afirmación (que con razón le ha reprochado Javier Marías) de que el único intelectual comprometido que había en España en 2007 era El Roto.[5]
Difícilmente puede un lector de este libro sentirse totalmente inocente del disparate que en él se describe, pero lo cierto es que la mayoría de los lectores (la mayoría de los ciudadanos) dirigen su furia contra los principales acusados, los representantes del poder político y económico, la nueva clase privilegiada: “Eligieron fomentar la pertenencia ciega y no la ciudadanía electiva, la mitología y no el conocimiento histórico, el narcisismo quejumbroso y exigente y necesitado siempre de halago y no la responsabilidad, el clientelismo y no la soberanía cívica, la grosería disfrazada de autenticidad y no la educación, la imagen y no la sustancia”.[6] Y detrás de la casta política actual, los largos siglos de la vieja nobleza que la precedió (siempre apoyada por la Iglesia Católica) con el cultivo sistemático de la mentalidad profunda característica del país: sectarismo, narcisismo colectivo, codicia individual, desprecio de lo común, exaltación de lo tribal, alergia al cambio, autobombo e ignorancia.
Y es ahí donde el ensayo de Muñoz Molina se eleva desde la brillante descripción autobiográfica de la evolución española en las últimas décadas hacia la insinuación de esos mecanismos nucleares que explican el desastre. De todos ellos es particularmente interesante (quizá porque se suele describir menos que el sectarismo o la codicia) el constante deslizamiento tramposo entre lo personal y lo colectivo, la atribución al grupo rival de los propios fracasos y la apropiación personal de méritos colectivos: “Pedir responsabilidad a un individuo es insultar a una patria. Envuelto en la oportuna bandera un delincuente es un héroe”.[7] El mecanismo tiene una larga historia, pues ya al principio de la Transición el caso Banca Catalana pasó de ser considerado una acusación delictiva contra Jordi Pujol a una agresión contra el pueblo de Cataluña. Su eficacia ha quedado más que demostrada en infinidad de casos (incluido el que ahora mismo afecta a los descendientes de aquel patriótico precursor), aunque también es verdad que tiene algunas limitaciones: supongamos, por poner un ejemplo imaginario, que un ministro liberal y andaluz llegase a ser acusado por un juez de parar su coche oficial en una gasolinera para recoger aceptar sobres llenos de billetes de oscuro origen: ¿habría que considerar ese hipotético proceso judicial como una agresión contra el liberalismo o como un insulto a Andalucía?
Todo este endemoniado carnaval (en que lo personal se disfraza de colectivo y viceversa) funciona sobre la base de sentimientos muy primitivos, hábilmente manejados por las élites del poder local y estatal. Hay pocas emociones más primitivas que las narcisistas, las que permiten a cualquier pringado sentirse orgulloso de haber nacido en su pueblo y encabritarse como un energúmeno ante la mínima ofensa del vecino a su patria chica (cada vez más chica). Cuando se empezaron a desarrollar las Autonomías, descubrieron las autoridades andaluzas que tenían un grave problema: carecían de una lengua propia distinta del castellano, lo que, evidentemente, les podía hacer parecer menos propiamente propios que los gallegos, catalanes y vascos. Pero esas deficiencias se compensaron en cada una de las diecisiete Españitas creando todo tipo de instituciones y “tradiciones” locales, incluidos carísimos museos e infinidad de festejos propiosísimos, que seguían estimulando el narcisismo propio de los ciudadanos mientras la casta local se iba apropiando de todo lo apropiable. Para ello era esencial que cada uno de los diecisiete nuevos reinos de Taifas se dedicase a “un proceso acelerado de exageración sí mismo”,[8] es decir, al cultivo embriagador del narcisismo de la propia tribu. Así la población se intoxica con el orgullo de ser de donde es mientras la casta local aprovecha la borrachera (y la resaca) para embolsarse el botín sin molestias interferencias de la casta estatal.
Victimismo y narcisismo tribal se convierten así en el auténtico opio del pueblo: el constante recuerdo de los agravios que nuestros antepasados sufrieron hace siglos (y de las hazañas que realizaron) “forma parte de ese nosotros entre publicitario y místico del narcisismo colectivo”.[9] (p. 88). El culto a los mitos de la tribu que se ha decidido potenciar es la perfecta cortina de humo que permite a la casta tribal el control absoluto e impune de su parcela territorial: por eso tenía Franco tanto interés en que su España fuese “Una, Grande y Libre”, es decir, total y exclusivamente Suya. Los dirigentes de las 17 Españitas en la actualidad lo imitan lo mejor que pueden.
En la espléndida novela Sefarad (si es que ese libro se puede considerar una novela) Muñoz Molina asociaba proustianamente situaciones y personajes tomados de diferentes episodios históricos para ir trazando narrativamente una tremenda reflexión sobre el fanatismo, sobre el exilio y sobre la destrucción de los que se oponen a un proyecto totalitario en plena ebullición. En un tono más sencillo e inmediato, más local y menos novelesco, Todo lo que era sólido comparte con aquel libro la habilidad para arraigarse en lo concreto, reflexionar sobre lo personal, proyectarlo en el contexto histórico correspondiente y penetrar en su análisis hasta tocar los mecanismos perennes que se repiten en las conductas humanas. Partiendo del testimonio concreto y trascendiendo la superstición de la actualidad se puede profundizar en lo inmediato para iluminarlo mediante el análisis histórico y llegar hasta el descubrimiento de los mecanismos psicosociales básicos que siempre permanecen constantes en la conducta humana.
[1] Hannah Arendt: Ensayos de comprensión, 1930-1954, Madrid, Caparrós Editores, 2005, p. 299.
[2] Eric Hoffer: El verdadero creyente, Madrid, Tecnos, 2009, p. 35.
[3] Antonio Muñoz Molina: Todo lo que era sólido, Barcelona, Seix Barral, 2013.
[4] Ibid., p. 150
[5] Javier Marías: “En los años de la distracción”, El País Semanal, 10 de marzo de 2013.
[6] Antonio Muñoz Molina: Todo lo que era sólido, p. 98.
[7] Ibid, p. 97-98.
[8] Ibid, p. 60.
[9] Ibid, p. 88.