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José Lázaro

Un antídoto contra el nacionalismo.

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Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes: Cartas a un euroescéptico, Madrid, Marcial Pons, 2013. 97 págs.

Claves de Razón Práctica, 232, enero-febrero, 2014, pp. 82-87.

Cuando un intelectual da el salto a la política puede ocurrir que acabe siendo un salto mortal sin red. Mortal, al menos, para su condición de intelectual.

            No suele darse, en cambio, el caso opuesto: que un político profesional decida dejar de serlo para transformarse en intelectual. La experiencia demuestra que cualquiera puede un buen día meterse en política (quizá por ello la política ha llegado a convertirse en una profesión que da prestigio a quien la abandona); llegar a ser un intelectual, por el contrario, exige un trabajo continuado a lo largo de toda la vida.

            Pero esa contraposición resulta menos reduccionista y esquemática si al hablar de “intelectual” y “político” no pensamos en dos personas distintas (o una misma persona en dos épocas distintas), sino más bien en dos actitudes, dos componentes opuestos de la personalidad que pueden perfectamente coexistir en un mismo momento y una misma persona: el intelectual y el político que todos llevamos dentro.

            Nuestra parte intelectual tiende a afirmar lo que le parece cierto incluso cuando lesiona el propio orgullo, frustra los deseos o perjudica los intereses; la parte política deforma si es necesario la verdad para ponerla al servicio del orgullo, el deseo y los intereses. El intelectual que hay en nosotros dice lo que piensa al margen de quien le escuche en cada momento. El político (como el empresario) elige en cada momento lo que dice y lo que calla en función de quien le escuche y lo que quiera obtener de él. El intelectual pondera, valora, elogia y crítica los hechos que ocurren según sus propias características. El político jamás elogia nada de lo que haga el adversario y prácticamente no critica nunca lo que hacen sus cofrades. Puede decirse que cada uno mejora como político según su discurso va perdiendo valor de verdad: lo que dice va ganando en eficacia política a medida que se independiza de lo que piensa. Al menos eso es lo que suele observarse en la inmensa mayoría de los profesionales de la política que padecemos diariamente.

            Este dilema aumenta el interés con que se inicia la lectura de Cartas a un euroescéptico, breve libro escrito por Francisco Sosa Wagner (Catedrático de Derecho Administrativo en la Universidad de León que interrumpió su labor académica para convertirse en eurodiputado por el partido UPyD en las elecciones de 2009) en colaboración con Mercedes Fuertes (que mantiene su actividad docente en esa misma rama del derecho).

            La impresión de solidez, convicción y autenticidad que transmiten estas cartas plantea tres alternativas: o bien Sosa Wagner no se ha transformado en político o la colaboración de Fuertes ha logrado contrapesar su transformación o nuestro planteamiento inicial era erróneo y el término “político” puede tener un sentido mucho más noble de lo que suponíamos.

            El punto de partida de su argumentación, la sólida base que sostendrá todo el discurso epistolar, lo presentan claramente los autores en la primera de las cartas: los Estados europeos han ofrecido a sus ciudadanos a lo largo de la historia seguridad; en primer lugar, sirviendo de protección contra las crisis económicas y, cuando ha sido necesario, empleando sus ejércitos para la defensa de las fronteras. El problema que se plantea en el actual mundo globalizado es que los viejos Estados ya no son capaces de garantizar esa seguridad a sus ciudadanos porque se han quedado demasiado pequeños para ello. “Las multinacionales, los complejos industriales y tecnológicos, las relaciones económicas que fluyen de los mercados y las grandes organizaciones rebañan, de manera desenfadada y metódica, jirones y jirones de siglos de teoría política, dejándola huérfana y perpleja” (pp. 14-5). Esos nuevos gigantes tienen todos nombre propio y los autores de estas cartas los mencionan: Google, Apple, Amazon, Microsoft… La amenaza que suponen para los viejos Estados nacionales (y no digamos para los nuevos y pequeños) es que su fuerza claramente les supera: “Para esos complejos sometidos a ‘unidad de dirección’, con una red que se beneficia de técnicas de comunicación nuevas, con accionistas dispersos por el mundo entero, con divisiones de expertos a su servicio para estirar, retorcer e ignorar las leyes o aprovecharse de sus contradicciones, potentes consorcios que atraviesan fronteras como la luz la superficie de un cristal y contemplan el planeta como una inmensa finca sin parcelar, en suma, para todo ese mundo imaginativo y agresivo, nada resultará más beneficioso que disponer, como interlocutores, de poderes públicos ‘enanos’, de Gobiernos y Administraciones públicas ‘bonsais’, con competencias falsamente ‘blindadas’, fáciles de manipular y de conducir al huerto de sus propias aspiraciones e intereses” (p. 25). Un planteamiento tan claro y rotundo lleva a una conclusión que no es menos nítida:  “Si el Estado en Europa ha de seguir siendo indispensable será a base de perder su ‘nacionalidad’, para expandirse cooperativamente en amplios espacios de poder capaces de poner firmes a los grandes sujetos del nuevo orden internacional y a los grandes conglomerados económicos. Un proceso de integración que se está intentando también en los demás continentes que nos miran como modelos” (p. 22). En síntesis: lo organización política de Europa tiene que tender por todos los medios a la integración y evitar la disgregación.

Las demás cartas que componen el librito exponen con cierto detalle las características básicas y el funcionamiento de las actuales instituciones europeas, refutan las críticas más tópicas que suelen hacérseles, justifican su calidad democrática como punto de partida y defienden su desarrollo hacia una mayor integración económica y política de Europa. La claridad con que todo ese entramado se explica es sin duda resultado de la formación jurídica de ambos coautores, del conocimiento práctico y directo que tienen del tema y de la orientación didáctica que quieren dar a este epistolario.

            El libro resulta estimulante tanto por lo que explica como por lo que sugiere. Su lectura hace pensar en mecanismos que refuerzan la argumentación básica: por ejemplo, la tendencia que facilita internet hacia la creación de megamonopolios perfectos. En cada ‘nicho de mercado’ aparece una página web que, por su temprana perspicacia y su esfuerzo inicial logra ofrecer al consumidor una oferta casi total en el sector del que se trate, con un éxito rotundo; a partir de ese momento nadie puede ya competir con ella, porque el tiempo y el dinero necesario para crear otro escaparate que reúna la misma cantidad de ofertas nunca podrá tenerlos una segunda empresa del mismo tipo, que tardaría años y necesitaría un capital gigantesco para llegar a ofrecer en sus ciberestanterías la mitad de lo que ofrece ya la empresa hegemónica. Si yo quiero alquilar un piso de ciertas características en Madrid y hay una conocida web que tiene el 90% de los que están en alquiler, ¿qué sentido tiene perder el tiempo mirando las que ofrecen, como mucho, el 30 o el 40%? El resultado es que  hay una sola página que es la que todo el mundo usa para hacer búsquedas de información, otra para pisos en alquiler, una y sólo una para buscar pareja o ligues eventuales, otra para libros recientes o para librerías anticuarias, otra, sin duda ni alternativa posible, para compartir la cotidianeidad con los amigos, para localizar restaurantes vegetarianos, buscar trabajo o para vender trastos viejos, y con más razón aún para entrar en contacto con los escasos interesados en la más estrambótica de nuestras aficiones. Y es que habiendo una web que lo tiene todo, ¿a quién le interesan las imitaciones que solo ofrecen una pequeña parte?

            Le consecuencia práctica de todos estos hechos es evidente: frente a los grandes monopolios económicos hacen falta Estados fuertes y no tienen ningún sentido los proyectos suicidas como el de crear un nuevo Estadito escocés o catalán: más bien deberíamos poner todo el esfuerzo en difuminar los actuales Estados británico o español para avanzar hacia unos auténticos Estados Unidos de Europa.

            Para apoyar las tesis de Sosa Wagner y Fuertes basta pensar en el beneficio que ha supuesto para los españoles el cambio de mentalidad de sus militares tras la integración de los ejércitos europeos, el de los estudiantes gracias al programa Erasmus o el de los profesores e investigadores al generalizarse la necesidad de estancias en universidades extranjeras. Son evidencias que se añaden a la rica información que ellos aportan en estas cartas sobre las ventajas de todo tipo que ha supuesto para España el que Europa dejase de terminar en los Pirineos.  Su lectura aclara confusiones, despeja dudas y anima a los indecisos a la hora de apoyar decididamente la integración europea frente a los tribalismos que sólo benefician a los caciques locales con vocación de convertirse en el Sumo Pontífice de su barrio.

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