Sócrates propone un juego, en el diálogo platónico, al esclavo de Menón. Se trata de demostrar que el esclavo, carente de formación, sabe sin embargo geometría. Para ello es condición necesaria y suficiente (aparte de las astutas preguntas de Sócrates) el hecho de que el esclavo «es griego y habla griego».
En el libro que ha ganado el último Premio Anagrama de Ensayo, Víctor Gómez Pin propone y se propone jugar a ser el esclavo de Menón. Pero Gómez Pin no solo es español y habla español, sino que también habla francés y euskera, y no carece totalmente de formación pues ha leído y escrito algunos libros. Para poder jugar a ser el esclavo de Menón tendrá que olvidar cuanto sabe, excepto a hablar. Como el olvido voluntario es siempre falso el juego lo será, en el sentido en que todos los juegos lo son, aunque podrá ser fructífero, como los simulacros certeros. Pero al hacer como que nada se sabe, y pedir al lenguaje que hable, surgen inevitable- mente saberes, junto a los nombres de quienes nos ayudaron a saberlos: Aristóteles, Cantor, Saussure, Lévi-Strauss, Lacan… Gómez Pin los menciona enseguida, para poder jugar a olvidarlos.
Quienes puedan y quieran entrar en el juego ya solo tienen que empezar a escuchar lo que las palabras, a través de nosotros mismos, dicen. Y lo primero que las palabras dicen es que la posibilidad de acceso a las verdades esenciales no depende de la información ni de la cultura sino del haber asumido la condición de ser lingüístico que nos escinde de nuestra propia animalidad. Las palabras dicen que en el lenguaje mismo están inscritas las categorías del pensamiento racional que permiten llegar a descubrir los números irracionales, como el esclavo de Menón hacía, y seguir por el mismo camino introduciéndose en los abismos del cálculo diferencial.
Las palabras hablan de la diferencia entre el tiempo de construcción y el de corrupción. Hablan de la diferencia entre el deseo de mujer, el deseo de la mujer (fenómenos marcados por el lenguaje) y la necesidad mecánica que reduce al hombre a mero instrumento de la especie biológica. Hablan del proceso mediante el cual las relaciones que cada uno mantiene con el lenguaje van reflejándose en el aspecto de su cuerpo.
Hablan de la dignidad de quien se pone al servicio de la causa del lenguaje en lugar de intentar poner el lenguaje a su servicio; la dignidad de asumir radicalmente que uno ha tomado de otro la palabra para dársela a otro otro que le sucederá en el juego de intercambios simbólicos que nos determina. Y hablan también de la miseria de quien retrocede ante las tragedias cruciales a las que nos enfrenta la exploración profunda de nuestro universo lingüístico y, abandonándose a las trampas que la pereza nos propone a cada paso, se pierde en un pantano de problemas falsos y estériles, pero tranquilizantes.
Filosofía. El saber del esclavo es un libro que prolonga y desarrolla las obras anteriores de Gómez Pin. Trata de poner en práctica lo que en Infinito y medida (1987) se formulaba como proyecto teórico: sintetizar en un solo discurso el trabajo del arte y el trabajo de la ciencia. Recoge de las primeras obras filosóficas de su autor la costumbre de dirigirse sin rodeos a lo esencial, aunque logra superar el estilo de aquellas, cuya sobriedad era a veces excesivamente seca. Hereda de los textos psicoanalíticos la libre reflexión sobre la tesis lacaniana de la naturaleza lingüística del sujeto humano. Conserva con Marcel Proust, El ocio y el mal (1985) y con Venecia, la ciudad y el deseo (1987) muchos rasgos en común, temáticos y estilísticos.
Lo que estas palabras dicen resulta provocativo, sugerente y discutible. No puede ser aceptado sin crítica ni merece ser acogido en silencio. Son palabras que supondrán un hermoso fracaso si no encuentran una escucha, una respuesta, un debate.